Valor vs violencia // Columna #ValorActual de Juan Manuel Rodea

Por algo existe ese “precepto” de “no hablar de religión, política o futbol” en las fiestas, o no hacerlo a menos de que haya confianza en el ambiente que se va a frecuentar
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@ManuelRodea

¿Tienes la razón, te vale?…, pareciera ser que no hay respuestas correctas, de hecho por algo existe ese “precepto” de “no hablar de religión, política o futbol” en las fiestas, o no hacerlo a menos de que haya confianza en el ambiente que se va a frecuentar.

¿Por qué especular de más al respecto?, bueno, pues este sábado mientras un grupito seguía hablando de los refuerzos de la vacuna contra el COVID19 y otros dos sobre la resistencia de Ucrania frente a los rusos, quien estaba frente al televisor o revisando Twitter viendo o al menos siguiendo el curso del partido de los Gallos de Querétaro vs el Atlas informaron sobre un chasco bastante amargo: una ola de violencia que no se había visto en la historia del deporte en México.

Hace ya algunos años el miedo se había sentido en el Territorio Santos Modelo en Torreón tras una balacera ocurrida en un partido de los Santos frente a la escuadra moreliana de los Monarcas, acción proveniente del crimen organizado y que afortunadamente vino de afuera del estadio, el único riesgo para los espectadores era que una bala perdida los alcanzara.

No obstante, la indignación sale a colación cuando las infamias vienen de un origen más cercano, es motivo de vergüenza el presentar situaciones como la de hace un mes en Veracruz cuando mientras después de un accidente un chofer de tráiler agonizaba, en vez de ayudarlo los lugareños prefirieron hacerse de la mercancía del vehículo.

Y algo peor que la rapiña o secuelas del crimen organizado sucedió entre las mismas barras que apoyaban al equipo local este sábado, pues la violencia estaba directamente en las gradas: 17 muertos que “se desmintieron” con la prensa, y aún sin que se sepa oficialmente la verdad, con muertos o sin muertos la brutalidad de las golpizas no justifica para nada un encuentro deportivo de escasos noventa minutos.

Si tu equipo gana, bien; si tu equipo empata –en caso de que se pueda–, bien; si tu equipo pierde, ¡también, bien!, ¿por qué no?, ¿por qué nos hemos convertido en la sociedad que no sabe perder un partido y no se diga una elección –hablando ahora de política–.

La violencia es algo justificable solamente como acto de defensa y como último recurso, cuando ya no hay nada más que hacer, pero cuando es un acto de revancha simplemente se convierte en un detonador de problemas más delicados siendo ya de por si un reflejo de lo podrido que está el tejido social.

Ahí es cuando todo mundo se pregunta, ¿quién es el culpable?, y que no extrañe que haya fans del oficialismo diciendo que el gobernador debe ser destituido por los hechos, o bien, si sucede en un estado gobernado por el oficialismo y es algún opositor el que pide lo mismo, y el colmo cuando el mismo presidente atribuye el aciago acontecimiento “al neoliberalismo”.

Nada de eso no nos lleva al problema de raíz por ser un razonamiento inverso al buen juicio: si se tiene un gobierno autoritario y una oposición mediocre no es la causa de estas cosas sino el resultado, los ciudadanos son materia prima de las estructuras políticas y no al revés.

Aplica también en la polarización de grupos como las feministas radicales –cerca del 8M para variar– que insisten en que la totalidad del género masculino es el único generador total de violencia cuando en las marchas donde se realiza todo tipo de destrozos y agresiones el silencio se vuelve cómplice para impulsar una narrativa que termina usando a sus portadoras como carne de cañón para violentar seres humanos desde el vientre y de paso a los transeúntes que por error se cruzan por el camino cuando estos actos se realizan.

¿Recuerdan ese dicho que dice que “más vale tener paz que tener la razón”?, cuando se está ante un necio es preferible abandonar la discusión para no perder el tiempo o exponerse ante un peligro, y ya ni hablar sobre un acto de necedad colectiva como el que se pudo apreciar en el estadio de Querétaro, que haya sanciones y que de las sanciones aprendan los aficionados a comportarse, a valorar más la vida y la integridad de otros que un deporte en el cuál las derrotas van y vienen.

Para saber ganar, es preciso también saber perder, que nunca se nos olvide antes de presenciar un evento deportivo o político, y que de la Fe que profesemos podamos fuera de toda banalidad enriquecernos de los valores que necesitamos antes de que la necedad nos esclavice y propiciemos dinámicas cada vez más hostiles.

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