¿Hay valor en los acuerdos?

En todos lados se habla de respetar, “ser tolerantes”, no ofender a nadie, en nuestras relaciones y compromisos no deberíamos fallarle a nadie, y al mismo tiempo se habla de la demanda de libertad cuyo único limitante es la libertad e integridad de terceros, ¿está en ese precepto la clave?
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@ManuelRodea

¿Respetas el valor o ‘te vale’?, porque en todos lados se habla de respetar, “ser tolerantes”, no ofender a nadie, en nuestras relaciones y compromisos no deberíamos fallarle a nadie, y al mismo tiempo se habla de la demanda de libertad cuyo único limitante es la libertad e integridad de terceros, ¿está en ese precepto la clave?, ¿de qué forma?, si es el caso, ¿qué podría salir mal en el intento de procurar acuerdos de valor?

El ejemplo que más usan los economistas para visibilizar el valor de los acuerdos es el mercado, con su oferta y su demanda y resultando de esos acuerdos entre un vendedor o grupo de vendedores y un consumidor o grupo de consumidores un precio para determinado número de transacciones. Hay muchas otras formas de aplicar esa lógica consensual en formas donde no hay directamente una cuestión material implicada, evidente en los acuerdos que se dan en la política y no menos importante en la convivencia cotidiana.

Sobre lo último, quizás basta hacer un poco de memoria de nuestras celebraciones de las dos semanas anteriores con el contexto único de la cuarentena, entre hilarantes tweets y cómicos memes quedaron descubiertas algunas falacias comunes en los colectivos, siendo sorprendente triste para no pocos el ver de cerca esos mismos sesgos ideológicos en su propia casa y entre sus seres queridos, el más mínimo signo de desprecio hacia una persona o circunstancias asomado en un comentario o reacción es difícil de pasar desapercibido como un signo del deterioro de la moral en la cultura actual.

Eso es lo que se aprecia en lo cercano y que no es muy diferente del contexto internacional, como bien dijo un aspirante a la gubernatura de uno de nuestros estados antes de cerrar el año pasado, 2020 tenía la capacidad de “sorprendernos” hasta el último día, y tristemente nos dio casi antes de terminarse una de las sorpresas más lamentables incluso que el propio coronavirus dada la crueldad directa que implica y sus efectos primarios y secundarios: estoy hablando nada menos que de la legalización del aborto en Argentina con el último visto de aprobación que le faltaba que era el del senado.

Para algunos podría no quedar clara del todo todavía la razón por la que una pandemia de escala global no es más grave que la suma de un país más a la lista de los que tienen carta abierta para el aborto y encima con financiamiento público, y es que no estamos hablando de cualquier país sino que Argentina es uno de los más estratégicos en la estructura geopolítica, además de ser uno de los más representativos de Latinoamérica junto con Chile, Brasil y México, hay una persona que es originaria de ahí cuyo poder de acción es crucial: en la capital argentina nació en 1936 el cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien está por cumplir 7 años de haber sido titular de la Santa Sede como el Papa Francisco.

Es difícil hablar de soberanía para las naciones y la laicidad del Estado tanto en la esfera de cada país como en el ámbito mundial, supone un reto la diplomacia entre el Vaticano y el gobierno argentino lo que maneje el Pontífice al respecto frente a la decisión del presidente de Argentina, Alberto Fernández, de subir la propuesta de legalización del aborto a las cámaras legislativas de su país. Los políticos tienen la responsabilidad de representar a todos los ciudadanos, lo que no es posible es atender todas las demandas, el deber ser es que se busque en su atención el bien común pero por desgracia sigue sin quedar claro el valor del bien común por encima de las ideas, especialmente cuando estas tienen el poder de la estructura de los colectivos.

Por un lado se espera que la Iglesia católica no deje de demostrar la desaprobación que tiene de este acto frente a los gobiernos y la sociedad en general, y por otro está la influencia del acontecer político de un país sobre otro y aquí no se puede dejar de hablar de México y las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador al respecto de mantener una postura de consulta sobre el curso de este tema. Los medios de comunicación y algunos líderes de opinión han reprobado dicha postura, hablan de que “los derechos no pueden ser sujetos a discusión”, pero no se refieren al derecho a la vida que de no tenerlo no es posible gozar de los demás, hablan de un derecho a “decidir sobre la maternidad” apelando al aborto como la única solución para los casos en los que no la haya.

No olvidemos que el propio presidente rechazó en público el pañuelo celeste mientras sin chistar recibió en su propio recinto la bandera del movimiento LGBT como parte de un evento conmemorativo. En si el problema central no está en las causas que apoye o rechace de forma disimulada para mantener su popularidad entre la gente, el problema está en que en su responsabilidad y la de los mexicanos no exista una real conciencia de lo que es necesario en referencia al bien común y los derechos.

El bien común que como un vocero local de la Iglesia católica resumió como lo que es bueno para todos, va más allá de las ideas, busca la verdad sobre la vida humana y la bondad para la persona humana, solamente se puede alcanzar a través de los valores universales que se han mantenido con el paso del tiempo.

La siguiente campaña que han posicionado los colectivos en Argentina ahora que han logrado alinear las leyes con la campaña representada con el pañuelo verde está materializada con un pañuelo anaranjado que busca “separar los asuntos de la Iglesia y del Estado”, y si bien los que han impulsado la laicidad del Estado han sido personas y grupos que no son religiosos argumentando la libertad de pensamiento, brinda a su vez a los creyentes protección de la intromisión de los asuntos del Estado en las creencias personales.

De esta forma, es posible advertir la diferencia que existe entre ambas esferas y que sin embargo es imposible separar intrínsecamente de las dimensiones personales de los ciudadanos dado que la libertad de pensamiento les confiere a su vez la libertad de creencias, misma que se ve vulnerada con el activismo laicista e incluso anticlerical que pretende desterrar esos valores universales que han dado vida a la estructura jurídica de occidente desde que humanizaron la moral pétrea y deshumanizada de la cosmovisión grecorromana. 

El mismo Fernández se ha acercado al Papa Francisco y sin embargo este acto de su mandato se opone a la moral que representa los valores propuestos por el catolicismo, la esposa de Obrador se acercó también el año pasado a la Santa Sede solicitando elementos culturales para materializar la narrativa identitaria de las celebraciones que busca el presidente de México conmemorar este 2021, por tanto un electorado impregnado de esa moral católica tiene el deber de abrir los ojos y la boca lo suficiente para exigirle sin titubear un acuerdo que respete estos valores en las políticas referentes a la defensa de la vida y el futuro de México.

El valor de los acuerdos demanda la consigna de responsabilidad en las partes que los suscriben, de este modo, el valor auténtico será resultado de una búsqueda sincera del bien común.

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