Valor progresivo vs valor decreciente

El problema no es la búsqueda de progreso, sino que nuestros actos tienen consecuencias que resultan en una mejora o una destrucción progresiva
valor actual XVII-min

@ManuelRodea

¿Progresas en el valor o ‘te vale’?, hoy está de moda pensar en el progreso, se ve innovadora la propuesta pero probablemente sea más general y tenga más tiempo de lo que pensamos, incluso se posicionó de forma importante en el ámbito cristiano desde inicios de la segunda mitad del siglo pasado que el progreso humano y social permiten un mundo solidario.

La connotación que nosotros podemos vislumbrar tiene que ver con nuestra noción interna a priori y que se comparte tan sólo por el hecho de que es algo netamente humano, es parte de nuestra realización saber que avanzamos en algo que nos gusta como el deporte, el baile, la música, el karate o el ajedrez, se dice que alguien progresa profesionalmente al ser promovido a un puesto mayor, o académicamente cuando se cursa un posgrado, y en lo económico se espera que se tenga un ingreso mayor que permita una mejor calidad de vida.

Por eso es que no puedo iniciar la reflexión sin recurrir nuevamente a la teoría económica: se dice que un bien sacia nuestras necesidades en la medida que lo consumimos, teniendo con ello un beneficio o utilidad cada vez mayor y podemos darnos una idea cómo pensando en una sed terrible que tenemos después de haber caminado horas en el desierto; al tomar el primer vaso habremos dado el mejor sorbo de agua que quizás hemos probado en la vida, al segundo estaremos más satisfechos y repuestos, después del tercer vaso el incremento de esa satisfacción será menor y así hasta que la saciedad comience a tornarse en rechazo o incluso fastidio, y esto se conoce como utilidad marginal decreciente.

De las necesidades fisiológicas podemos pensar en el plano ontológico puro: la libertad en estado puro que coexiste con los demás valores es un elixir que devoramos a la primera, posteriormente esos valores ya no nos serán tan atractivos, y así hasta llegar a un hartazgo progresivo que nos hará rechazarlos. Y es que las mieles de la mejora lograda con la prosperidad económica y un tanto unida con la visión racional y cientificista han hecho que se pierda el sentido de una vida que busca trascender, y de ahí que en la primera mitad del siglo XX hayan proliferado las corrientes de pensamiento existencialista que tenían esa tendencia a desechar y reemplazar los valores considerados antiguos por unos nuevos y más atractivos.

De ahí que esa obsesión por el futuro cuyo origen G.K. Chesterton identificó en el miedo al pasado buscara un progreso que hoy vemos en los nuevos discursos: se anhela empoderamiento para todos, con tanta fuerza que escala hacia el plano colectivo y de repente tenemos un impulso que parece abarcar todas las causas humanistas y al ser tan violenta esta fuerza busca arrasar con los valores vigentes a su paso y hace más notorio el antagonismo entre algunas de esas causas, y es por eso que esta visión progresista suele abandonar problemas que incluso son más importantes que los que pretende resolver como quien trata de apagar un incendio con vasos de agua.

Aquí es donde nos encontramos que el problema no es la búsqueda de progreso, sino que nuestros actos tienen consecuencias que resultan en una mejora o una destrucción progresiva. El elemento de cohesión natural intrínseco que nos mueve a buscar el bien de nuestros semejantes es la solidaridad, que es clave en esta dicotomía y que al ir al frente se vuelve más vulnerable y sujeta a deteriorarse si se le da un uso incorrecto, y es aquí donde adquieren el carácter de cuestionables todas aquellas acciones encaminadas a poner deseos en bruto en el nivel de lo sublime.

¿A qué deseos en bruto nos referimos en este caso?, no es de extrañar que la identidad sexual y afectiva a pesar de ser de naturaleza biológica e inmutable en su origen, puede verse alterada por factores psíquicos que si se desbocan con conocimiento de causa producen efectos diferentes a los que dignifican a la persona, y así buscando empoderar los roles alternos que presenta el panel del discurso de género torna peligroso ir de las cuotas hacia la desviación implicada por el error enquistado en el colectivo.

Por ello es que no se puede dejar de lado la reflexión sobre la potencial gravedad de colocar personas con motivaciones tan amorfas proyectadas hacia la demanda de un colectivo en puestos claves como quien se hace llamar Rachel Levine después de declararse mujer transgénero y quedar a cargo de la subsecretaría de salud, y esta fue una de las primeras consignas de Joe Biden incluso antes de tomar posesión como presidente de Estados Unidos.

Y mientras tanto en México, el gobierno de la capital autorizó brindar apoyos económicos a personas que se identifiquen como transgénero al inicio de la semana, esto mientras el ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, defiende desde el martes usando la pluma lo que él y otros llaman “lenguaje incluyente”, propuesta que al suponer una corrupción del lenguaje no puede ser tomada en serio por verdaderos especialistas del mismo como el propio Mario Vargas Llosa.

Legitimar con la ley algo que se busca premiar atendiendo el causal de la discriminación, en vez de lograr la igualdad ofrecida en el discurso termina formando castas que en cualquier momento podrían adquirir carácter parasitario y terminen minando las bases de una sociedad funcional tanto en lo afectivo e intangible, como en lo material y económico.

Vale la pena tener cuidado con el rumbo que puede tomar la solidaridad para que no se aparte de quien realmente lo necesita como puede ser un invidente que no tiene forma de interpretar los libros impresos a tinta, o una persona sin movilidad que por no poder desplazarse con los pies no puede subir escaleras sin ayuda, y aún así, muchos de ellos salen adelante una vez que han sido respaldados por alguien más, y aquí es donde nos damos cuenta que la subsidiariedad nos permite equilibrar la solidaridad para evaluar su curso y evitar su caída progresiva. Y tan es así que aplica para todo, también en lo sencillo como favorecer la colaboración que deriva en la generación de empleos, comercio y otras oportunidades que si tienen calidad de indispensables.

Y es así como el progreso de verdad se logra con el valor creciente basado en lo auténtico para superar la caída que lleva al valor decreciente, resultado del deterioro progresivo que por su misma naturaleza nos lleva al espejismo progresista.

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