México: El país de los montajes

En su columna La Justa Razón, Adrián Rodríguez Alcocer analiza la polémica entre el presidente López Obrador y el periodista Carlos Loret de Mola, a quien se le acusa de participar en un montaje para detener a Florence Cassez e Israel Vallarta. ¿Qué tan confiables son las fuentes de información en México? ¿Qué papel juegan los ciudadanos en la defensa de la verdad y la democracia? No te pierdas su opinión y reflexión sobre este tema tan relevante en tiempos electorales.

PolitizArte 07 de abril de 2021 Adrián Rodríguez Alcocer
La Justa Razón-min

Columna La Justa Razón  de Adrián Rodríguez Alcocer

Otra vez se han encendido las redes con la polémica de #LordMontajes, ese mote despectivo que le pusieron a Carlos Loret de Mola por su vergonzosa participación (al nivel al que haya sido) en la puesta en escena de la detención de Florence Cassez e Israel Vallarta en el sexenio de la guerra contra las drogas. No se trata, como ocurriría en un país más civilizado, de un escándalo de credibilidad relacionado con un "periodista" que fabricó o se prestó para fabricar (o al menos para difundir) una detención falsa, pasando por alto los derechos de los detenidos, el debido proceso, la más básica ética periodística, y hasta la decencia elemental de un ser humano hacia otro. Y con ello contribuyó a ensuciar un proceso plagado de irregularidades que culminó con la liberación de Florence. No, nuestro país es más interesante que eso.

La polémica está en que Carlos Loret es ahora una las principales voces críticas al gobierno y lo que pasa, a falta de algo mejor, por un cierto liderazgo opositor. Para bien o para mal, su trabajo periodístico ha logrado incomodar al presidente y traer a debate la narrativa oficial que se autoconcibe incuestionable. Y, en un ejercicio propio de estos años, pero también de los años del viejo PRI, la respuesta oficial, lejos de responder a los cuestionamientos, ha sido lanzarse en contra de la mermada credibilidad del mensajero.

Lo sorprendente, por un lado, es la defensa a ultranza de dos personajes altamente cuestionables: un presidente que prefiere el espectáculo para eludir, al debate para dialogar, y un comunicador con una historia que debería reemplazar al cuento del lobo como moraleja sobre las noticias falsas. Triste el respaldo ciego a ambos: ni AMLO es un mártir de la lucha contra la corrupción, ni Loret un mártir del periodismo libre. Los dos, pesarosamente, me parecen sendos contraejemplos del ejercicio virtuoso de sus profesiones respectivas.

Por otro lado, también sorprende la magnitud que el fenómeno de los montajes ha adquirido en nuestro país (no sólo, pero quedémonos aquí). Ya no estamos hablando de conspiraciones elaboradas dignas de producciones hollywoodenses (aunque la de Florence se acerca, como las novelas se acercan a las series), sino de posibilidad real de que cada noticia, cada video, cada tuit, post o story, sea efectivamente un montaje o una derivación de uno. La coronación de las fake news como una realidad paralela, indistinguible de la vida real, la sustitución de los hechos por creencias sin sustento en la edad de los avances científicos y tecnológicos incomparables.

Lo triste es que, a los ciudadanos de a pie nos quedan pocas herramientas para distinguir lo real, de lo simulado, la verdad, de los montajes. ¿Los vídeos de la vacunación en la que no inyectan nada son montajes creados por la oposición? No lo creo, pero a la luz de nuestra historia y nuestra era hay que admitir que es posible... mucho depende de la credibilidad de la fuente. Yo, en lo personal, me siento más inclinado a creerle a un ciudadano enojado denunciando un atropello que a un medio con reporteros amigos de las producciones novelescas.

Y esto en tiempo de elecciones es crucial: el gobierno no es creíble (no lo ha sido desde que México es México), los medios no son creíbles (ni siquiera Latinus, ya hablando en serio). Quienes somos creíbles como conjunto, como unidad, como fuerza de cambio y de autenticidad en el país de los montajes, somos los ciudadanos. Costó mucho tener un organismo electoral en manos de los ciudadanos, aunque algunas reformas han ensuciado un poco el diseño original. Y México como país, y nuestras elecciones, sólo seguirán siendo creíbles en función de que los ciudadanos desempeñemos el papel que nos toca: participar en las elecciones, tanto como electores y funcionarios, y defender las conquistas que tanto costaron a quienes nos precedieron. Amar a México es amar y defender al único pilar de democracia y credibilidad que queda en el país de los montajes: sus ciudadanos. 

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