Derecho a la vida

La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer 30 de junio de 2021 Por Adrián Rodríguez Alcocer
Columna "La justa razón" de Adrián Rodríguez Alcocer para PoliticArte
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Hace 15 días, en el marco de los resultados electorales, hablé del voto moral y de la necesidad de ver más allá de unos pocos temas polarizantes (a veces, incluso, fracciones de esos temas) para ofrecer al debate público una oferta política auténtica, integral y atractiva. Quiero que la reflexión en torno a esto se convierta en "la dueña de mis quincenas", por lo que dedicaré muchos de estos espacios a esbozar algunos puntos que considero esenciales.

Voy a comenzar agarrando el toro por los cuernos y afirmando categóricamente dos cosas: 1) el derecho a la vida no es el único tema relevante de la agenda; y 2) el derecho a la vida no se agota con el aborto y la eutanasia, sino que es mucho más que eso.

Es importante dejar en claro desde ahora que ni resto importancia a estos temas, ni considero que debamos olvidarlos o relegarlos según los tiempos políticos. Simplemente se trata de no absolutizarlos ni convertirlos en el único punto de vista posible al tocar la agenda pública. Entiendo la repugnancia moral del asesinato de personas especialmente débiles, la prevalencia de la cultura del descarte hasta sus máximos extremos... Pero estos temas, además de su indudable componente ideológico, han encontrado eco en la sociedad, no tanto desde los planteamientos abstractos ("abortar es matar" vs "es mi cuerpo, yo decido"), sino desde dramas humanos que, aunque muchas veces son exagerados y convertidos en estandartes políticos, son reales.

Las circunstancias en las que se construyen estas historias, que sólo pueden entenderse realmente caso por caso, suelen tocar temas mucho más amplios que también tienen que ver con el derecho a la vida, pero que pasan desapercibidos porque la atención está centrada en el debate desde el postulado abstracto, como si prohibir legalmente el aborto impidiera que los abortos concretos ocurrieran, o permitirlo implicara ir a matar a todos y cada uno de los bebés no nacidos. Quizás poner la ley como centro del debate nos ha llevado a ver las circunstancias en función de si justifican o no la muerte intencionada de un ser humano: la pobreza o la miseria, la violencia, la enfermedad, son vistas en cuanto a su capacidad de exculpar la conducta y hasta de reivindicarla como un ejercicio legítimo de un derecho. O, por el contrario, desde su incapacidad de transformar en justo lo intrínsecamente malo.

Pero, si realmente queremos traer un orden social cristiano, hay que recordar que lo que debe estar al centro es la persona, no la ley. Defender el derecho a la vida debe ser la expresión más clara de esto. La vida humana es valiosa desde su concepción hasta su muerte natural, pasando por todos los puntos intermedios. Nunca va a ser suficiente ofrecer a las mujeres que piensan en abortar alternativas como la adopción o los apoyos durante y después del parto si a la par no trabajamos por remediar las problemáticas de fondo que las han puesto en esta situación. Y estas soluciones no pueden ser ideas de escritorio, que siempre adolecen de un paternalismo indignante. Es urgente escuchar y entender los motivos de quienes optan por el aborto y no nada más como política pública, sino como principio fundamental: debemos escuchar a estas personas porque merecen ser escuchadas, porque son tan valiosas como las vidas en el vientre. Aquí está uno de los retos más importantes de querer hacer política cristiana: amar incluso a quienes más nos cuesta.

Por eso, cuando se habla de la violencia contra las mujeres, especialmente la sexual, me duele mucho ver que se desestimen de plano ideas e interlocutores nada más por su posición respecto del aborto. Eso es señal de que nuestros planteamientos políticos necesitan pasar por un proceso urgente de catequización. Es necesario escuchar y conversar en serio sobre estos temas. La violencia criminal, contra las niñas y los niños, de género, la pobreza y la marginación, la falta de sentido, el egoísmo y la voracidad de nuestro sistema económico y social, la discriminación, la desigualdad, son parte de la defensa del derecho a la vida y debemos tomarlos con la misma pasión, fuerza y compromiso con que defendemos al derecho a nacer y a no ser asesinados por dejar de ser útiles al mundo.

 

Adrián Rodríguez AlcocerAdrián Rodríguez Alcocer

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