Reacción y fanatismo: el peligro de la polarización política para los católicos

¿Cómo evitar caer en la trampa de la polarización política? El autor reflexiona sobre los riesgos de apoyar ciegamente a figuras políticas que se oponen al aborto, pero que violan otros principios cristianos. También advierte sobre el fanatismo religioso que puede alejar a los católicos de la razón y el diálogo.

PolitizArte 22 de julio de 2021 Adrián Rodríguez Alcocer
La Justa Razón-min
Ilustración de PoliticArte

Con viva preocupación y asombro creciente… así empezaba Pio XI[1] la carta encíclica que escribió sobre la situación de los fieles en el Tercer Reich alemán en 1937. Con la misma preocupación y asombro es necesario alzar la voz sobre un fenómeno que comienza a notarse cada vez más dentro de la Iglesia (aunque no es exclusivo de ella) y que se entremezcla peligrosamente con la acción política de los católicos. Seguimos, pese a la interrupción de la semana pasada, reflexionando sobre la construcción de una oferta política genuinamente cristiana y capaz de enmarcar dentro de un sistema democrático occidental como el nuestro, una verdadera propuesta de construcción del Reino de Dios en la Tierra.

Los horrores de nuestro tiempo, manifestados en la aprobación progresiva del aborto, el rechazo a las verdades evidentes sobre la antropología más básica, la violencia criminal y estructural y la pérdida del respeto por la dignidad humana, así como en la aceptación social de muchos de estos temas y su tergiversación en supuestos derechos, ha producido una esperable reacción entre quienes buscamos detener su avance y salvaguardar lo humano dentro de la humanidad. Se trata de una reacción, o de un conjunto de reacciones que, siguiendo las leyes de la física, ha sido adquirido la misma intensidad, pero en sentido contrario.

Pero esto es una trampa peligrosa. La radicalización de las posturas puede llevar a centrar la mirada en la idea (en la “ley”) y alejarla de la persona que la sostiene. La intolerancia hacia todo aquello contrario a la verdad y el bien nunca puede ser argumento que justifique la intolerancia hacia las personas que hacen el mal. Señalar los errores, combatir las ideologías perniciosas y plantar cara a la cultura de la muerte no son excusas para cerrar los ojos ante las violaciones a la dignidad humana, el uso de engaños, de fraudes, el comportamiento inmoral y hasta criminal, la división y el maniqueísmo.

El fin no justifica los medios y esto es especialmente importante en la acción política, en la que una postura teórica sobre un argumento moral, se ha convertido en el pretexto para ignorar acciones y postulados moralmente repugnantes de figuras políticas: Donald Trump, Jair Bolsonaro, Nayib Bukele y otras figuras más locales han recibido el apoyo de amplios sectores “conservadores”, supuestamente cristianos. Digo supuestamente porque al igual que la promoción del aborto es incompatible con el cristianismo, también lo son la mentira, el abuso de poder, y el asesinato de personas ya nacidas, directo o por la vía de las estructuras del Estado.

La columna pasada advertía sobre el riesgo de singularizar las propuestas políticas en la oposición al aborto, en lugar de mirar con más amplitud las problemáticas sociales, y, sobre todo, los enormes alcances del Derecho a la Vida desde la concepción hasta la muerte natural. En esa misma línea es importante estar atentos a los efectos que esta singularización miope puede generar, convirtiendo a miles de cristianos bienintencionados en “tontos útiles” de tiranos y sinvergüenzas. O en verdaderos portadores de ideas diametralmente opuestas a lo que se supone que quieren y defienden.

Vivimos un mundo cada vez más polarizado, en el que las posturas de los más diversos temas tienden a volverse dicotómicas y radicales. Como ejemplo, basta ver el revuelo suscitado por el uso de la misa tradicional y la noción pueril de “católicos verdaderos” contra “católicos falsos”[2], con el nombre que cada uno le de a cada uno. Benedicto XVI nos advirtió sobre los riesgos de desplazar a la razón (el pensamiento crítico) por la fe, en lugar de procurar la feliz complementariedad de ambas. Advierte, en su diálogo con Jürgen Habermass, sobre las patologías de la razón y las patologías de la fe. La más grave de estas últimas es el fanatismo: la fe en ausencia de la razón. Necesitamos, si nos tomamos en serio nuestro cristianismo, si queremos construir un orden social cristiano, si queremos transformar nuestra sociedad en seguimiento del Evangelio, hacer un esfuerzo profundo de desfanatización y regresar a la radical igualdad en dignidad de todos y cada uno de los seres humanos.


 
[1] https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_14031937_mit-brennender-sorge.html
[2] Ojo, no niego la existencia de falsos católicos, pero estamos hablando de cosas distintas. Las “católicas” por el derecho a decidir son ejemplo de lo que no estoy hablando. La discusión de si es más católico el que acude a la misa tridentina o la del Novus Ordo es un ejemplo de lo que sí estoy hablando.

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