La moralidad forzada. Columna La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer para PoliticArte

La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer 22 de octubre de 2021 Por Adrián Rodríguez Alcocer
La Justa Razón-min

Ciudad de México a 22 de Octubre de 2021

En la práctica de un abogado siempre habrá casos difíciles, no solamente en un sentido técnico, sino también personal. Casos que, por ejemplo, caen “cerca de casa”, que involucran experiencias o historias que hacen eco en la propia vida y en el propio corazón. Casos que indignan, que duelen, que llevan a preguntarse y reconsiderar cosas que se daban por sentadas. Por ejemplo, recientemente he recibido la petición de analizar la posible nulidad de matrimonios marcados por situaciones de adicciones y violencia serias, ya presentes durante el noviazgo, pero de las que la víctima (digo víctima porque me parece la palabra correcta) tomó plena conciencia ya casados. En los casos que traigo en mente, la víctima se percató de estas situaciones relativamente pronto, en algunos desde la luna de miel, pero en todos dentro del primer año de matrimonio. Esto, de por sí grave, no es la parte más difícil; lo más difícil es la parte de la historia en la que las víctimas logran la auténtica hazaña de identificar y ser conscientes de la violencia que viven y buscan ayuda. Eso no es nada sencillo, para una persona inmersa en una relación abusiva es muy difícil ver el abuso, darse cuenta de la violencia que uno ha aprendido a tolerar y asumirse como víctima necesitada de ayuda. Pero cuando estas persona lo han hecho, y han corrido a los brazos de quienes debían estar allí para ayudarles, se han topado con algo peor que una pared. Se han topado con personas que, cargadas de buenas intenciones, las han empujado y hecho volver a su agresor por un muy mal entendido concepto del matrimonio. En otro espacio hablaré de esto desde la perspectiva canónica, pero en este texto quisiera abordar una problemática grave de la que estas historias son expresión: la moralidad forzada. 

En los casos que menciono, las víctimas de situaciones serias de violencia que deberían movernos a acogerlas y ofrecerles protección, se han encontrado con familiares cercanos, sacerdotes, consejeros matrimoniales que, buscando “cuidar su alma” se han convertido en segundos victimarios, en cómplices de violaciones intolerables a la dignidad de la personas a quien debían (y muchas veces pretendían) cuidar. “Ya te casaste y el matrimonio es para siempre;” “es tu cruz”, “no te separes, inténtalo otra vez”, “perdónalo”. Estas frases, aunque tienen parte de verdad, provienen no de un conocimiento auténtico de la naturaleza del matrimonio y su dignidad sacramental, sino de una soberbia sutil y peligrosa que, en lugar de permitirnos mirar al otro en su realidad y ofrecerle lo que en verdad necesita, nos ubica en un plano de pretendida superioridad moral que nos hace hablar con juicios y con paternalismos. Partimos no del ideal, no de la sana doctrina y de la justa razón, sino de nuestra interpretación infalible, simplificante, absolutización de la norma. Nos vuelve fariseos que ponen a la ley y sus minucias por encima de la persona que sufre. Nos hace creer que hacemos el bien sosteniendo inflexiblemente el precepto mientras miramos por encima del hombro a nuestro hermano. Pienso también en los casos de matrimonios forzados por un embarazo al que la familia pretende “remediar” con un matrimonio, o el amasiato que se pretende convertir en matrimonio por lo que va a decir la familia o la sociedad. Nos hemos creado una pseudo religión de moralidad forzada, una quimera de iglesia totalitaria en la que todos somos delatores y jueces de los hermanos, en la que todos vemos las pajas en los ojos de los otros mientras no esforzamos por mirar las vigas de los nuestros. Y lo puedo entender, porque vivir una religión de normas en la que el cumplido puede sentirse mejor y más santo que el incumplido es una tentación muy propia del ser humano. Sin embargo, esta forma de creer que vivimos el Evangelio es falsa y lastima. Hiere. Destruye. 

Además, es muy peligrosa, porque nos lleva a creernos que la apariencia de santidad obtenida por el cumplimiento ciego de las normas, por su interpretación estricta e inflexible, por el juicio y la condena a los hermanos es, de hecho, santidad. Por eso los fariseos pensaban tan alto de sí mismos.

¿Pero qué se gana con la moralidad forzada? en materia matrimonial, sólo se obtienen apariencias de matrimonio, simulaciones que hacen sentir bien a los moralistas, pagando el altísimo costo de forzar a dos personas a vivir una realidad que no es la suya, a veces poniendo en riesgo su dignidad, su integridad y su vida. Además de que se abona al número de los matrimonios infelices, fracasados y finalmente separados que tanto daño ha hecho a la noción que como sociedad tenemos del matrimonio. Pasa lo mismo con otros temas en los que se manifiesta la moralidad forzada: ¿qué se gana gritándole asesina a la mujer que aborta, con cerrarle las puertas a la que se embaraza, con negarle protecciones básicas a quien vive en una situación de pareja irregular?

Esta lógica de la moralidad forzada, impuesta, ha llevado a sociedades que se presumen cristianas a convertirse en sociedades fariseas, excluyentes, y ridículas. Llama la atención, por ejemplo, que cuando decimos que la sociedad o la familia “es muy conservadora” no estamos hablando de que tengan valores, de que comprendan, transmitan y defiendan profundos valores universales, sino que solemos utilizar ese calificativo para significar familias o sociedades cerradas, que prefieren el juicio al acogimiento. En estos términos, me parece, no hay nada más escandalosamente anticristiano que esta forma de conservadurismo fariseo. 

Ese modelo gastado de (anti)cristianismo, de sociedad pseudocristiana, bella hacia afuera y podrida por dentro, ha perdido ya su velo protector y suele mostrarse al mundo tan desagradable como es. Décadas o siglos de vivir una moralidad impuesta nos han llevado a un punto en el que los auténticos valores, la verdad, el bien, han quedado contaminados en su imagen por que se convirtieron en banderas de hipocresía. Quienes hemos apoyado o formado parte de estas agendas de imposición moral, hemos caído en la trampa diabólica de poner primero la ley a la persona y sentirnos buenos al hacerlo. 

Ahora que he querido dedicar letras a la autocrítica, me ha parecido muy importante traer a la reflexión estos puntos porque jamás podremos ofrecer una opción política y social atractiva si no hacemos conciencia del terrible mal que nos ha hecho ser cristianos de apariencia y no de corazón. Es necesario cuestionarnos si nuestras políticas, si nuestra forma de concebir a la sociedad y a nuestro país son acordes con los que creemos y pensamos. Si cuando proponemos una idea de legislación o de política pública, u ofrecemos una crítica a la que proponen otros, estamos viendo al centro a la persona, o estamos guardando las apariencias y buscando tener la razón en estériles postulados teóricos. El amor se actúa, se vive, se encarna. De eso se trata precisamente el misterio de la encarnación del Verbo: el amor hecho carne, hecho sacrificio, hecho cruz, hecho alimento. La última columna hablé de la necesidad de volver a pensar nuestros argumentos y nuestra estrategia, y hoy creo y propongo que ese pensamiento debe partir de despojarnos de las apariencias y la empalagosa complacencia de sentirnos moralmente superiores. Del respeto profundo por la dignidad y la libertad del otro, a quien no se le puede imponer una elección, sino proponer un camino de vida en el que la verdad resplandece por sí misma, a semejanza de lo que Dios hace con nosotros. Si nosotros somos cristianos, es porque Cristo se hizo carne, sacrificio y alimento. Seamos, pues imitadores de ese Cristo, capaces de ofrecer una alternativa social y política en la que todos, compartiendo nuestra humanidad en comunión, seamos alimento los unos de los otros. 

Adrián Rodríguez AlcocerAdrián Rodríguez Alcocer

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