De marchas, cortes y sentencias.

La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer 30 de mayo de 2022 Por Adrián Rodríguez Alcocer.
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Mi abuelo, que vivió unos años en Durango, contaba un chiste disfrazado de anécdota: un señor, sentado en el porche de su casa en un día caluroso, ve acercarse a lo lejos un alacrán güero. Lo mira con atención mientras va acercándose a su pie descalzo y, cuando va por la mitad del camino, grita a su esposa: “¡Amor, traeme el antídoto para picadura de alacrán!” La mujer le responde preocupada: “¿Por qué, te picó uno?” a lo que el marido contesta: “No, pero lo veo venir”.


Desde hace un par de semanas, el debate del aborto ha revivido con la noticia de que la Corte Suprema de los Estados Unidos se prepara para revocar la icónica sentencia sobre la que descansa el “derecho” al aboroto en ese país. Con una de las decisiones más famosas de su historia, Roe vs. Wade (1973), la corte americana interpretó desde el derecho a la privacidad un “derecho” de todas las mujeres a practicarse un aborto, dejando a los estados solamente la posibilidad de regularlo, pero no de penalizar o prohibir el aborto en términos absolutos. En los casi 50 años que han pasado desde Roe, el movimiento pro vida en los Estados Unidos, cuya base ha sido una fructífera alianza entre cristianos evangélicos y católicos, ha logrado mover el péndulo para que, incluso bajo un presidente demócrata y tras una derrota clara del republicanismo trumpista, una nueva mayoría conservadora en la Corte se plantee desechar el precedente de Roe y regresar la autonomía a los estados para que puedan regular el acceso al aborto de acuerdo a sus normas locales. Un escenario que, al menos, permite que la lucha por el fin del aborto dependa de la voluntad popular y no de la decisión 9 jueces.
El camino hasta la construcción de una corte de mayoría conservadora no ha sido fácil, y le tomó a los activistas norteamericanos cada minuto de estos 49 años. Con aciertos y desatinos, creo que es indiscutible que el mero hecho de que el cambio de criterio de Roe se plantee seriamente es ya una importante victoria. Una victoria que ha sabido emplear la movilización social y mediática, pero, sobre todo, el conocimiento profundo de las instituciones y los mecanismos legales con los que se puede influir efectivamente sobre ellas. En concreto, los conservadores americanos lograron implementar una estrategia de largo aliento por medio de la cual, desde la década de 1980, comenzaron a crear una judicatura ampliamente conservadora que logró materializarse con los últimos nombramientos de la corte suprema que fueron compromiso -cumplido- de campaña de Donald Trump. Dejo dos interesantes artículos de medios liberales sobre el tema en las notas.[1]

En México, parecemos ir al revés. De una Suprema Corte conservadora, que apenas hace 20 años, en 2002, respaldó con claridad el derecho a la vida desde la concepción, hemos caminado hacia una mayoría abiertamente liberal, presidida por uno de los personajes más lamentables de la historia judicial del país, cuya cualidad menos criticable es la de ser un activista judicial sin tapujos. El avance del “derecho a decidir”, que comenzó con la aprobación de causales para permitir el aborto en situaciones supuestamente límite, siguió por la vía legislativa logrando su aprobación en congresos locales, comenzando por el entonces Distrito Federal en 2007, y siguiendo con el espaldarazo de la Corte que, al año siguiente, abandonó el criterio de protección a la vida en favor de la libre configuración de cada estado. Apenas el año pasado, la SCJN afirmó la existencia de un derecho universal al aborto, estableciendo la inconstitucionalidad de que un estado prohíba el aborto en términos absolutos. Los efectos de esta sentencia son semejantes a los de Roe en su momento. Cada estado irá (como pasó con el tema del matrimonio entre hombre y mujer) modificando sus normas para dar acceso al aborto voluntariamente o a fuerza de sentencias constitucionales.

Ahora, no podemos decir que esto sea una sorpresa. La pérdida de la mayoría conservadora en la SCJN es un desastre largamente anunciado. En una columna anterior, analizando las causas de la terrible derrota judicial de septiembre pasado, expliqué que me consta de primera mano que esto fue advertido desde hace por lo menos 10 años. Sentencia tras sentencia fuimos siendo relegados del más alto foro judicial, y nombramiento tras nombramiento la corte fue radicalizando su posición hacia el extremo que podemos llamar liberal. Así, mientras en los Estados Unidos festejan que es muy posible que esta generación vea el fin del aborto como derecho; en México acabamos de retrocede 50 años en una lucha que supuestamente estamos peleando con decisión y entrega.

Nunca he dudado ni tengo elementos para dudar de las buenas intenciones de los que encabezan y nutren el movimiento provida en México; pero sí me parece indispensable volver a poner el dedo en llaga en cuanto a la estrategia, que parece seguir descansando en la movilización social mediante marchas, firmas, campañas de redes y acciones semejantes que, si bien son necesarias, no son ni por asomo suficientes para lograr cambios reales de política pública, legislativa o judicial. Para empezar, y como ya he mencionado en varias ocasiones, la movilización social en temas “morales” en México no se traduce en resultados electorales, lo que le quita prácticamente toda capacidad de exigencia a los gobernantes por esa vía. El derecho a la vida no es el único caso en el que esto se evidencia. Por otro lado, dado que finalmente el “derecho a decidir” ya descansa no en una modificación legislativa que puede deshacerse por medio de una votación, sino en una sentencia de la Suprema Corte, cuya reiteración es el único escenario realista, es necesario voltear a ver a la SCJN como institución y enfocarse en una estrategia real, a largo plazo y desprovista de todo afán de protagonismo, para recuperar la judicatura.

Una estrategia que, a semejanza de lo logrado por los estadounidenses, nos permita contar con jueces que propongan con profesionalismo y alta calidad de argumentación jurídica, nuevas interpretaciones constitucionales favorables al respeto irrestricto de la dignidad de todo ser humano, en cualquier momento de su vida, es el único camino que nos permitirá vencer en la lucha legal por el fin del aborto. Además, de lograr este objetivo, contar con impartidores de justicia auténticos, verdaderamente preocupados por lo justo y no solamente por lo legal, como ahora, gracias a una arcaica y decepcionante interpretación del principio de legalidad, es algo que México necesita desesperadamente para reconstruir nuestro ruinoso estado de derecho. Y nosotros, como ciudadanos provida, podemos ser los impulsores de un cambio así, si somos capaces de apartarnos de los protagonismos, de las visiones cortoplacistas, de las explicaciones simplistas y las argumentaciones en blanco y negro. Amigos, es hora de despertar y matar al alacrán antes de necesitar el antídoto.

Adrián Rodríguez Alcocer

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[1] https://www.theatlantic.com/ideas/archive/2018/07/how-conservatives-won-the-battle- 

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