La recursión de la violencia: verdadero desafío público.

Laboratorio Político 15 de abril de 2022 Por Tribu PoliticArte
Artículo del Dr. Héctor Ramón Alonso Vázquez para PoliticArte
Dr. Hector Ramon Alonso

“Take a sad song, and make it better”
Paul McCartney

Tristemente, la violencia en la sociedad mexicana es una constante. Un simple ejercicio de búsqueda por internet arroja miles de resultados con noticias que revelan algún lamentable tipo de violencia pública o privada. Además, la violencia está presente –y es a veces celebrada e idealizada– en la cultura de masas (canciones, series televisivas) y en la cultura popular (graffiti, religiosidades emergentes), lo que es un síntoma claro de su trivialización.

¿Por qué la violencia se ha normalizado tanto en nuestra sociedad y por qué, hasta ahora, este desafío sigue sin tomarse en serio por las múltiples autoridades que deben atenderlo? 

Partiendo de un caso indignante, el 04 de abril de 2022, en la colonia Valle Dorado de SLP, un grupo de sujetos (supuestos vecinos de tal colonia) iracundos atacaron de una forma ruin, vil y cobarde a un repartidor de agua que manejaba su pipa para tal función y para ganarse honradamente la vida. 

Sin ahondar en detalles, la bestial acción de tales individuos respondería a que luego de pasar múltiples días sin agua, estos le exigieron al repartidor que les surtiera en sus hogares, cosa que no fue posible porque el repartidor ya no tenía la pipa llena puesto que había surtido antes a otros vecinos. Como consecuencia final los criminales golpearon de forma brutal al repartidor y el asesino decidió atacarlo con una navaja. El chofer murió desangrado y sin que ninguna autoridad policial o de emergencia médica arribara a tiempo aun a pesar de los llamados desesperados de otros vecinos. 

El caso revela una cadena muy clara de sucesos donde hubo autoridades negligentes, omisas y muy probablemente corruptas. En primer lugar, la falta de agua tendría el origen en las también constantes fallas de la presa “El Realito”, encargada de surtir agua a la parte sur de la poblada capital potosina. Fallas que son producto de malos diseños y planeaciones de la obra que se autorizó sexenios (estatales) atrás y que aún sigue sin un asomo de arreglo, a pesar de los millones de pesos que se gastan para enmendar sus fallas. 
Ahora bien, en la literatura más básica sobre corrupción se conoce que este tipo de fallos constantes en las obras públicas, aunados a opacidades y sobrecostos son sin duda un indicio claro de corrupción pública y privada. Las consecuencias son la falta de agua por días; también la necesidad de recurrir al abasto alternativo por pipas que resulta ser ineficiente y oneroso; y, por último, el previsible enojo, la frustración, la ira de los ciudadanos sin agua. 

Y aún a pesar de tal ira, nada, pero nada justifica una brutalidad sin paliativos como el asesinato relatado. Una posible respuesta a la pregunta antes planeada es que la violencia se normaliza porque se ha dejado florecer desde la misma sociedad. La sociedad,  a nivel nacional y local, tiene una buena parte de la responsabilidad al tolerar las conductas ilegales e ilegítimas desde los más altos niveles. La opinión pública aplaude e incluso admira a políticos astutos pero abusivos de cualquier partido, ricos y poderosos presentes o pasados que sólo dan dádivas a conveniencia pensando en sus carreras políticas; mientras que la cultura de masas ofrece retratos melodramáticos y edulcorados del crimen organizado, pintando a los capos con tintes de astucia y heroísmo, y dejando de lado la realidad mezquina y cruel de los mercaderes inmundos que lucran con la muerte, la sangre y la inocencia, dejando de lado las desgarradoras experiencias de las familias víctimas del secuestro, de la trata y de la violencia instrumentalizada.

La frustración, la ira, la desesperación de muchos mexicanos está más que justificada por esta realidad brutal. Pero nuestros líderes políticos y sociales fallan en dar un cauce transformador a estas energías populares, las cuales terminan desfogándose en el insulto, las agresiones y las conductas antisociales contra otras personas –tanto, o más, explotadas que sus victimarios– contra la propia comunidad y la propia familia. Así se cierra un círculo grotesco: la desesperación nos hace aliados de aquello que nos destruye, nos convierte en su cómplice, y reproducimos el abuso, el latrocinio y el asesinato en nuestra esfera de influencia. Las familias, el barrio, la comunidad, aquello que nos debiera ser amistoso, confiable, limpio, bello y seguro termina siendo inmolado, en una explosión sacrificial, ante los altares de Moloch y de Mammon… o de un Huitzilopochtli que ha cambiado de forma, pero que mantiene su sed de sangre. La orgía de la violencia sustituye a la paz y a la construcción de la cohesión social; sustituye –de manera muy conveniente para los poderosos– a la lucha organizada y colectiva, a la lucha racional, informada, matizada y firme contra los abusos del poder y contra la impunidad; sustituye a la demanda, a esa otra sed, verdaderamente digna y legítima, de legalidad y de justicia. 

Nuestra sociedad está enferma, y el síntoma ruin es la violencia que nos corroe a diario. Hoy por hoy, construir paz, justicia e igualdad es el principal problema que hay que resolver, y de forma urgente. Cosa que requiere de todos. Ya que con mucha frecuencia se nos olvida que los políticos que elegimos surgen y forman parte de la misma sociedad en la que habitamos.  Es nuestra responsabilidad desadaptarnos a esta violencia, dejar de normalizar el atropello diario, dejar de ser cómplices de él, tomar está canción triste y sangrienta, y convertirla en algo mejor

Héctor-minDr. Héctor Ramón Alonso Vázquez.
corrupación-minCorrupción y Políticas Públicas: combinación peligrosa.

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