Cuento inédito: "75 de azúcar y 75 de carne"

CulturizArte 01 de noviembre de 2020 Por Chuy Hermosillo
Ana preferiría quedarse la noche entera parada junto al calor de la estufa
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Tamales

@Chuyperman

Ana y Luis terminaron de embarrar las últimas hojas de elote, las colocaron en una vaporera a fuego medio y se dispusieron a iniciar la vigilia que representa cuidar que la masa no se pegue en 200 tamales.

Ana preferiría quedarse la noche entera parada junto al calor de la estufa en lugar de descansar en su habitación. Luis intenta convencerla de recostarse aunque sea un poco ya que su estado no está para menos. Los pies hinchados y el dolor de la espalda la convencieron, Ana se recuesta, intenta protegerse del frío con la mitad de la cobija mas grande que encuentran, que también, da la casualidad, que es la única que tienen.

–Cada día se acerca más la fecha y no sé donde recibiremos al bebé.
–No te preocupes, a mi me dijo el patrón que nos iba a ayudar, nomás hay que esperar un poco a que pasen estas fechas porque casi no le queda nada a nadie y menos para ayudar a otros.
-Ojalá no se me echen para atrás con la venta de mañana, yo creo que con eso nos podemos ayudar un poquito y todavía nos va a quedar algo para ahorrar.
–No te preocupes, no me importa tener tres trabajos y que si tuviera mas horas el día tendría cuatro con tal de que no tuvieras que vender tamales estando embarazada, mejor procura ya algo de descanso. Ya pronto vendrá la buena.

Mientras platican del dinero, la preocupación, la partera, el frío, la vigilia, el futuro, las decisiones y la venta del siguiente día los párpados pesan toneladas y sin darse cuenta los vence el sueño.
Al día siguiente Ana, más fría que nunca, se levanta temprano a apagar la estufa, prepara el pedido, la olla, y se va a la esquina del centro comercial, donde un señor que ella no sabía que era un importante empresario de la industria panadera le había pagado por adelantado 75 tamales de azúcar y 75 de carne, para ponerlos a la venta en su nueva panadería y probar que tal se movían entre el gusto de la gente. Ella solo pensaba que era un cliente bien vestido al que le habían gustado mucho sus tamales y que regresaba a hacer el encargo porque tendría alguna posada o cena familiar donde los quisiera compartir.

A las 7 de la mañana, Ana y la olla -que aunque era lo único que le proporcionaba un poco de calor nomás no la calentaba-, estaba lista con el pedido y algunos tamales extra para la venta del día.
Horas más tarde el cliente bien vestido se presentó a recoger puntualmente su encargo y para sorpresa de Ana no solo le pagó los tamales sino que también le propuso comprar la receta con la cual los preparaba en una cantidad que nunca antes había escuchado pero que entendía que podía solucionar muchos de sus problemas, comprar una casa sin frío, dar a luz en un hospital con sábanas blancas, un esposo presente, una estufa con horno. Dudó por un segundo porque la receta era de la familia y solo se pasaba de generación en generación en la temporada que marca inicio el 12 de diciembre y final el 2 de febrero de cada año, pero de repente una brisa congelada la sacó de su momento dubitativo y accedió a la venta.

El cliente, seguro de que Ana accedería le entregó una maleta llena con el dinero. Ese día no tuvo que esperar el Ruta 10 para hacer conexión con el ruta 8 y regresar a su casa, esta vez tomaría un taxi. Con la emoción a flor de piel el frío ya no se sentía. Ana preparaba la comida más deliciosa que sabía cocinar para recibir con la buena nueva a su esposo. Cuando Luis llegó a la casa, -o lo que hacía sus mínimas funciones-, se espantó de ver la pequeña mesa llena de manjares suculentos.
-¡Ana!, ¿donde estás? Llamó de un grito
-¿Que pasa, por que gritas?
-¿Que es toda esta comida, quien te la fió, como vamos a hacer para pagarla?

Ana le contó todo lo que había pasado ese día. Mientras a Luis se le mojaban los ojos y sentía descanso en su alma por primera vez en mucho tiempo. Una vez terminada la cena los planes empezaron. Salir de esa hielera, poner su propio negocio de tamales, ahorrar y empezar a una nueva vida. Así pasaron los días y lo que empezó como un pequeño negocio de tamales ahora era todo un emporio de panaderías. Ana, madre cariñosa de un bebé nacido en el mejor sanatorio de la ciudad, viajaba por el mundo en búsqueda de lugares para establecer sus franquicias y Luis además de administrar el negocio también se encargaba de la exploración en búsqueda de nuevos productos para comercializar en sus panaderías.

Cierto día Luis pasaba por el centro comercial y vio a lo lejos en una esquina demasiado conocida a una joven de 17 años sentada al lado de una olla de humeante vapor vendiendo tamales. No podía evitar su sorpresa y curiosidad al encontrarle mucho parecido a Ana y decidió más, por nostalgia que por hambre, acercarse a comprar un par, quizá si los productos eran buenos podría hacerle una buena oferta y sumarlos al catálogo de productos exitosos que vendían en sus ya incontables panaderías. Le pidió uno de azúcar y uno de carne casi asustado del parecido que tenía esa joven con su ahora madura esposa. Los probó ahí mismo y un conjunto de recuerdos se agolparon en su lengua, no dudó en hacerle un pedido grande para ver como se venderían en su nuevo local del centro comercial... le pidió 75 de azúcar y 75 de carne para el siguiente día. La joven emocionada por un pedido tan grande accedió a la venta sin considerar las dificultades que implicaría su preparación además de los extra que tendría que preparar para no perder a los clientes habituales. Luis llamó a Ana para contar lo que acaba de ocurrirle justo en "esa esquina”. Que debían tener esa nueva receta en su catálogo y que si a ella le parecía bien y confiaba en su gusto, podrían ofrecerle una buena suma por la receta al siguiente día. Ana accedió.

Al día siguiente alrededor de las 9 de la mañana Luis llegó a recoger su pedido y con la confianza que da en ese tipo de negociaciones llegar con una maleta llena de billetes. Para su sorpresa la joven no estaba ahí. Extrañado por la situación se dirigió al local del centro comercial donde se encontraba su nueva panadería, que además era también restaurante y cafetería. Entró, saludo a sus nuevos empleados, guardó el dinero del maletín en la caja fuerte de la gerencia y salió a su mesa dispuesto a desayunar. Pidió un café y dos tamales, uno de azúcar y uno de carne porque el antojo casi no lo había dejado dormir. Mientras esperaba ojeó el periódico del día y no pudo contener el color en su cara cuando al llegar a las notas rojas se encontró con la siguiente noticia...

“MUERE JOVEN MATRIMONIO POR COCINAR TAMALES."

Dejar la olla de tamales con la estufa encendida e irse a dormir, le costó la vida a una joven pareja de recién casados que vivía en una casa de interés social de la Unidad Habitacional "La Esperanza", en la comunidad "San Nicolás".

La noche de ayer, tras culminar la elaboración de un pedido de tamales, Luis “N”, de 21 años de edad, y Ana “N”, de 17, los pusieron a la lumbre a cocer y decidieron darse un descanso. Pero al vencerlos el sueño, no se percataron que el fuego consumió el agua, por ello se quemaron hojas y masa y se flameó el bote de aluminio, de ahí que al aspirar el humo perdieron la vida.”

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