El amor por los dictadores. Columna La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer

Columna La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer para PoliticArte
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He decidido dedicar mi regreso a las letras de PolicArte a la tendencia presente en diversos grupos de cerrar filas en torno de dictadores de distintos signos ideológicos. Confieso que entiendo la atracción de estas figuras. Yo mismo me he dejado llevar por ello y debo admitir que hasta hace no mucho tenía una poco disimulada simpatía por uno de ellos, antes de que mostrara su lado más horrible, que todos -todos- los dictadores modernos tienen. 

Hay que partir de un hecho claro: en el mundo posterior a las dos guerras mundiales, al menos en lo que se refiere al contexto occidental (en el que, para efectos de esta columna, vamos a incluir a Rusia, dado su papel de potencia vencedora de la Segunda Guerra Mundial y sus cercanía con Europa), toda dictadura, o todo régimen que desdeña la democracia y encumbra a un liderazgo personal o partidista, que desprecia el diálogo y busca la narrativa de una sola voz, es un régimen abusivo. Es abusivo desde el momento mismo en el que adquiere sus características dictatoriales, desde el momento en el que aprovecha y utiliza el poder, muchas veces obtenido legal y legítimamente, para servir a sus propios intereses y buscar su perpetuación limitando las libertades y derechos de los ciudadanos, por más que esta afectación sea más o menos grave.

Visto desde esa perspectiva, el de la relación abusiva del dictador y su régimen con sus gobernados, sean afines o no al poder, es posible afirmar que, como en todo abuso, todos los dictadores se parecen. Todos las dictaduras son a la vez iguales y disímiles entre sí, compartiendo los elementos fundamentales que les hacen ser lo que son, y cada una con sus notas particulares, entre las que está el signo ideológico del régimen. 

Así, hallaremos dictaduras de “derecha” y de “izquierda”,  lo que sea que eso signifique en este siglo; veremos dictadores defender a los “pobres” o a los “ricos”, autócratas envueltos en ideologías arcaicas, o supuestamente embajadores de la modernidad, pero todos iguales en cuanto a su desmedido narcisismo y a sus métodos abusivos de gobierno. Así, las semejanzas entre, por ejemplo, un Nicolás Maduro, proponente del “nuevo socialismo” y un Vladimir Putin, que pretende ser defensor de los valores del catolicismo ortodoxo, serán al menos tantas como sus diferencias discursivas, y posiblemente mucho mayores.

Creo que lo más atractivo de la figura del dictador, sobre todo vista desde lejos, es que ofrece una explicación sencilla de las problemáticas que nos aquejan, y una solución fácil para solucionarlas. No importa que tanto la explicación simplista como la solución fácil sean costosas, porque el costo está enmascarado. Desde que tengo el privilegio de colaborar con este medio, he advertido del peligro que implica la fanatización, en especial en el contexto de quienes decimos seguir a Cristo. Entiendo, porque la he vivido, la sensación de ser perseguido y marginado por un mundo que se esfuerza cada vez más en ofender a Dios y en relegar de la arena política a las voces disidentes. El encumbramiento de la ideología de género y su brazo de fuerza, la cultura de la cancelación, me parecen sinceramente aterradores y desde luego que me interpelan a combatirlas, pero debemos tener serio cuidado de no convertir esa oposición en otra ideología excluyente, cerrada y totalitaria. En este sentido es que los dictadores son peligrosamente seductores. Ante males objetivamente terribles y que nos sobrepasan, qué mejor solución que dar un manotazo en la mesa aplastar al monstruo de una buena vez. Ante una realidad que parece buscar exactamente lo opuesto a lo que creemos y consideramos bueno, que nos hace sentir que vivimo en un mundo en blanco y negro, pareciera que la única esperanza es aquel salvador que llega a confirmarnos el diagnóstico y a poner orden. Este mismo fenómeno se vive en los dos polos de los extremos ideológicos, porque los dictadores sólo pueden sobrevivir en mundos dicotómicos: buenos y malos, ellos y nosotros, chairos y fifís, libertadores y nazis. Pero el mundo, gracias a Dios, no es blanco y negro, sino lleno de colores y matices. 

Dios no hizo ni al mundo ni al hombre bajo ese principio. De hecho, ese principio está en la base de una de las herejías más persistente y dañinas de la historia.  Ver al mundo en blanco y negro nos forza a catalogar en absolutos, a ver bueno al que defiende lo que nosotros defendemos, sin importar los medios que utilice para ello; y malo al que piensa distinto, sin importar los motivos y circunstancias que lo llevaron a ello. Nos lleva a ver al salvador vestido de blanco, al mesías que los fariseos esperaban, y del que Jesucristo se distanció una y otra vez. 

Decidí hablar de esto porque veo entre mis hermanos de causa la aterrorizante tendencia a encumbrar a un hombre como Vladimir Putin, por el sólo hecho de que se ha opuesto al avance de la ideología de género en Rusia. Una Rusia que, por otro lado, vive sin las más elementales libertades, gobernada por una clase cleptócrata a cuya comparación los especímenes de la corrupción mexicana parecen honestos administradores. ¿Acaso no es eso exactamente lo que hacían los fariseos? Proclamaban su adhesión a la Ley y vivían todo lo contrario. El caso de Viktor Orbán también me preocupa, aunque cuento con menos información sobre su régimen. Y digo esto con dolor, pues él y su recién electa Presidente fueron muchos años un ejemplo para mí. Y todo esto, desde antes de una guerra terrible, cuyos detalles más crueles hemos podido seguir prácticamente en vivo. 

No sé si reír o llorar cuando escucho a un comunicador preferido por la “derecha” (por llamarle de algún modo), que hasta el día previo a la invasión rusa de Ucrania era un auténtico admirador de Putin cambiar sus halagos (que gracias a Dios se han vuelto impresentables) por críticas al presidente de Ucrania que ¡válgame Dios! pedía entrar en la OTAN para proteger a su país precisamente de lo que está pasando. Y me llena de rabia ver cuentas de redes sociales de defensores de la vida repitiendo la propaganda rusa. ¿Lo hacen por buscar equilibrar las noticias, o por defender a su ídolo en el Kremlin? El término “ídolo” no es causal, sino en sentido netamente cristiano. 

La oferta de los dictadores, como buena oferta engañosa, se paga a plazos con intereses altísimos. El primer pago consiste en renunciar al pensamiento crítico, asumiendo dentro de la narrativa maniquea de ellos y nosotros, y cada nueva cuota implica una nueva renuncia a la razón y a la justicia, una nueva concesión al principio de que el fin justifica los medios, una nueva venda en los ojos para no ver la podredumbre de nuestro falso mesías. Esto se agrava todavía más cuando el falso mesías ha secuestrado a Dios. El secuestro ideológico de Cristo no es solamente un tema de la Teología de la Liberación marxista o de tantas herejías que han pretendido tomar a Dios como bandera política. Cuando una voz que pretende asumir liderazgo entre los cristianos sale a decir que a tal corriente la fundó el demonio y que Dios es de tal otra corriente es algo muy peligroso, además de que es una instrumentalización de Dios que raya en el sacrilegio. Y es que si Dios es de tal o cual bandera política, la destrucción del adversario no sólo está justificada, sino que se convierte en un deber religioso… La historia y las noticias están llenas de ejemplos de lo peligroso que es eso. 

Caer en la trampa de los dictadores es caer en la trampa del enemigo, ver el mundo en blanco y negro es peligroso y farisaico. Apoyar, anhelar o (peor) construir regímenes totalitarios no es trabajar por el Reino. El Reino de Dios no es una dictadura.

Adrián Rodríguez AlcocerAdrián Rodríguez Alcocer
La Justa Razón-minLa moralidad forzada. Columna La Justa Razón de Adrián Rodríguez Alcocer para PoliticArte
Nicaragua Imagen de David Peterson en Pixabay-minNicaragua. De la Revolución a la Dictadura. Artículo de Jonathan Chávez. #PoliticArte

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